Recordemos que la inclusión no empieza con grandes cambios, sino con pequeños gestos cotidianos: cómo escucho y cómo trato al otro.
Por Mariella Arenas Wong. 01 abril, 2026.
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición del desarrollo que está presente desde la infancia. Se le dice “espectro” porque no todas las personas que lo tienen son iguales, podríamos decir que hay tantos tipos de autismo como personas con este trastorno.
Por lo tanto, no todas las personas dentro del espectro presentan las mismas características y es importante desterrar ciertas generalizaciones. El mito más común, por ejemplo, es que las personas con TEA no quieren o no pueden socializar ni tener vínculos con los demás.
Según el nivel de autismo, es cierto que aparecen dificultades en la comunicación —para entender gestos, ironías o dobles sentidos—, o en la manera de relacionarse —puede costar interpretar emociones o intenciones de los demás, prefieren estar solos y tienen intereses y rutinas muy específicas para sentirse seguros—. Sin embargo, todas las personas tenemos una dimensión social, así como una búsqueda innata a la cercanía e intimidad, la única diferencia es que todos la vivimos de manera distinta.
Entonces, para relacionarse con personas con TEA es fundamental saber que, aunque expresen su amor de manera distinta, también tienen un corazón capaz de amar y ser amado.
A nivel académico, relacionarse con alumnos con autismo implica que el aprendizaje contemple sus características particulares, tanto en la forma de presentar la información como en el modo de evaluar. Los docentes deben contar con apoyos visuales y recordatorios en el aula, según la edad en la que se encuentren los alumnos. El objetivo es que todos se sientan parte de la comunidad educativa y puedan participar y aprender.
Para ello, como profesores, podemos dar instrucciones claras y específicas, organizar el contenido lo más estructurado posible, anticipar cambios y fechas. Y, como compañeros, podemos evitar burlas o juicios, tratar de ser directos y claros al comunicarse, incluir a estas personas en trabajos grupales, asignando roles concretos y específicos.
Como institución, podemos seguir capacitándonos siempre, contar con protocolos de apoyo y orientación, así como implementar nuevas herramientas que sean creativas y aplicables. Recordemos que la inclusión no empieza con grandes cambios, sino con pequeños gestos cotidianos: cómo escucho y cómo trato al otro.








